Más que humano, menos que pájaro,
soy un ser pintado en oro,
nacido del lamento de la aurora
y vomitado en el tiempo.
Los dioses lloran por amor,
su tristeza cae como lluvias de estrellas,
y en sus lágrimas,
la conciencia dicta sentencia,
cada gota es un susurro del destino,
un eco que se pierde en el vacío.
Yo, atrapado entre lo divino y lo mortal,
escucho el grito eterno,
el latido de lo imposible,
y en cada respiro,
la creación se quiebra y renace,
como si el universo mismo
fuese una flor marchita en busca de sol.