“Cantó tanto para ser amada… que olvidó cómo nadar.”
Ya no vive entre corales ni sueña con el mar. La Sirena flota en aguas quietas, atrapada entre lo que quiso ser y lo que le exigieron ser. Su canto ahora no seduce: arrastra. Tiene la voz rota por tantas promesas lanzadas al viento, y los ojos llenos de preguntas que nadie respondió.
Esta carta es un eco de la belleza convertida en prisión. Un símbolo de las veces que nos perdimos intentando agradar.