“No espera, observa. No sonríe, recuerda.”
Envuelta en sombras elegantes, La Dama ya no camina por los salones, sino por los pasillos polvorientos de la memoria. Su silueta se mantiene erguida, como una estatua viva hecha de secretos. Lleva consigo el peso de las cosas no dichas, de las promesas rotas en susurros.
No es un adorno. Es un eco de lo que fuimos, lo que tememos volver a ser… y lo que aún habita en el reflejo del espejo.
Esta carta encarna la belleza contenida, la fuerza en el silencio y la presencia que perdura incluso en la ausencia.