“Ni el polvo del tiempo mancha su traje, pero el alma… ya no le queda.”
El Catrín ya no presume elegancia, ahora la arrastra. Camina entre sombras con los zapatos perfectamente lustrados, aunque sus pasos no dejan huella. Su mirada vacía, encerrada tras un monóculo empañado, observa sin ver. El rostro impecable es solo una máscara; debajo, no queda más que un eco seco de lo que alguna vez fue orgullo.
Esta carta representa las apariencias eternas que esconden vacíos profundos. El refinamiento puede resistir al tiempo, pero no al olvido.