Cambian los ojos de la madre
Ya nada le generaba tanta ira como ver los ojos de ese obeso ser de pieles arrugadas y piernas enrojecidas. Día a día perturbaba su mente ver esas violetas venas inflamadas ramificándose sobre su piel, su torpeza, la horrenda flacidez de sus carnes, y como si esto fuera poco ya no soportaba ese extraño remolino de maldad que emergía de sus ojos, todo, y desde hacia un largo tiempo, parecía indicar que un extraño odio se había apoderado de ella. Le tomo tres días decidirse, una noche la dedico a rezar, media hora para afilar el acero y unos treinta segundos le llevo liberar al mundo de tanto y tan horrendo mal. Ahora que gracias a Dios lo hizo, ha conseguido la pureza absoluta y sonríe feliz al verse enchastrado con su sangre, como aquel primer día, como aquellos días en los que ella lo miraba con otros ojos. Ahora ella, el charco de sangre y el, son la clara muestra de que de una vez por todas se ha cortando ese funesto cordón umbilical.